Las galerías ya no apuestan por el arte. Sólo hacen caja.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que un artista podía soñar con entrar en una galería y encontrar allí algo parecido a un hogar. No solo un lugar donde colgar sus obras, sino un aliado: alguien dispuesto a asumir riesgos, invertir en producción, promocionar, introducir su trabajo en colecciones públicas y privadas, ayudar a construir una carrera. A veces, incluso una amistad.
Hoy, ese modelo apenas sobrevive en algunas raras excepciones. En su lugar, ha emergido una industria que más bien se comporta como una inmobiliaria de paredes blancas: alquila espacio, exige exclusividad, se lleva el 50% de cada venta y apenas se molesta en representar al artista fuera de su Instagram. Porque si vendes, bien, y si no, ya vendrá otro.
En el Renacimiento, los artistas eran protegidos por mecenas que veían en el arte un valor trascendental. Lorenzo de Médici no solo apoyó a Miguel Ángel, sino que invirtió en su formación, lo hospedó en su casa, lo presentó a la corte. La relación entre artista y mecenas era simbiótica, aunque desequilibrada, sí; pero había una visión compartida sobre el poder del arte como reflejo de la época.
Hoy, el galerista se ha desvinculado casi por completo de esa figura. En ciudades como Madrid, es habitual encontrar espacios de arte cuyos responsables pasan el día sentados tras un escritorio, mirando el móvil, esperando que algo (o alguien) suceda. Sin propuestas comisariadas, sin un calendario sólido de actividades, sin buscar nuevos públicos ni dialogar con otros contextos. El artista envía la obra a su costa, la cuelga él mismo, y en muchos casos ni siquiera se le paga el transporte si la pieza no se vende.
Las galerías ya no compran, ahora solamente trabajan a depósito. Tú me das la obra, y si la vendo te llevas parte, y si no, aquí estará años sin que puedas vender nada en otro sitio.
Lo más irónico es que muchos de estos espacios siguen reclamando una comisión del 50%. Por “dar visibilidad”. Como si eso fuera justo o suficiente.
Pero la historia está cambiando. Porque los artistas ya no dependen exclusivamente de una galería para alcanzar al público. Hoy, un creador puede tener cientos de miles de seguidores en redes sociales, vender directamente desde su estudio, recibir encargos internacionales y generar comunidad sin intermediarios.
Plataformas como Instagram, Behance, Patreon o incluso TikTok han permitido que muchos artistas se conviertan en sus propios promotores, gestores, curadores y galeristas. Y aunque esto implica un esfuerzo extra —sí, no todo es pintar— también abre una vía de libertad.
El artista estadounidense Mark Ryden, por ejemplo, ha declarado públicamente que prefiere controlar su producción y relación con los coleccionistas desde su propio estudio, sin depender exclusivamente de galerías. Más radical aún es el caso de Ashley Longshore, artista pop contemporánea que construyó toda su carrera vendiendo directamente por redes, con lista de espera de clientes y sin comisiones del 50%. En sus palabras: “Las galerías me querían callada y obediente. Yo prefiero ser mi propia marca”.
Y lo cierto es que, con un móvil, cualquier artista puede mostrar su obra al mundo entero. Sin pasar por la silla del galerista que, entre bostezo y bostezo, espera a que alguien entre por la puerta.
No se trata de demonizar a todas las galerías. Existen, aún hoy, espacios comprometidos que siguen apostando por el arte y los artistas. Pero son una minoría. Y mientras la mayoría siga operando como tiendas de decoración de lujo, exigiendo exclusividad sin ofrecer compromiso, el artista debe preguntarse si esa es la estructura que realmente necesita.
Hoy, más que nunca, el arte puede circular de otras formas. Puede vivir en ferias independientes, en exposiciones autogestionadas, en plataformas digitales, en mercados nómadas, en colecciones privadas construidas a base de conversaciones directas.
¿Y si el artista dejara de esperar ser “descubierto”? ¿Y si se convirtiera en su propia galería? ¿Y si organizara sus exposiciones, vendiera sus obras, hiciera comunidad con otros creadores, sin pasar por el peaje del 50%?
Tal vez no todo el mundo quiera o pueda hacerlo, y me parece bien. Pero es esencial que sepamos que existe la opción. Que tenemos medios. Que ya no estamos atados a los caprichos de quien posee una sala blanca y una lista de clientes.
El mercado del arte está en crisis. Pero eso no es nuevo. Lo que sí es nuevo es que el artista, hoy, tiene más poder que nunca para redefinir las reglas.
Así que no vendas tu dignidad al 50%. El arte no es un objeto decorativo ni un activo financiero. Es un acto de expresión. Y quien lo crea, merece también decidir cómo se muestra, cómo se vende y a quién.
El arte se salvará si el artista se salva primero.
Bran Sólo. Mayo-2025
