Izquierda, izquierda, derecha, derecha

¿De verdad alguien es de izquierdas o de derechas por vocación mística? Más bien, creo yo, lo somos por biografía. La afinidad política no nace con nosotros ni se elige como quien escoge el color del sofá. Se hereda, se aprende, se adapta a la circunstancia como un guante a la mano que lo necesita.

Por ejemplo: quien nace en un entorno precario, donde la justicia es una palabra hueca y las oportunidades se reparten como si fueran caramelos amargos, acaba desarrollando una sensibilidad que no le deja indiferente ante la desigualdad. De ahí que muchas personas con estas experiencias vitales abracen posturas progresistas: buscan cambiar el sistema porque, sinceramente, el sistema nunca los abrazó a ellos. ¿Quién va a querer conservar lo que nunca le ha protegido?

Por el contrario, si uno ha vivido siempre con calefacción central, seguros privados, apellidos compuestos y con “todo en regla, como Dios manda”, es bastante natural querer que las cosas no cambien demasiado. Los conservadores, como su nombre indica, conservan. Conservan el orden, los recursos, la forma de vida… y si puede ser también la hegemonía cultural, mucho mejor. Lo llaman “libertad”, pero a menudo es miedo a perder sus privilegios disfrazado de virtud cívica.

Para ser claro: Si no tienes problemas, querrás no perder privilegios y será muy difícil que empatices con quien sí los tiene, y si tienes problemas, serás más sensible a las injusticias y a la desigualdad, y será más fácil que quieras luchar por cambiar las cosas. Nuestras ideas políticas son el reflejo directo de nuestra circunstancia personal, y no de un análisis objetivo de las necesidades del conjunto de la sociedad.

La psicología ha metido mano al asunto —cómo no— y ha encontrado diferencias de personalidad entre progresistas y conservadores. Los primeros tienden a ser más abiertos a nuevas experiencias (traducción: aguantan mejor las crisis existenciales), mientras que los segundos prefieren el orden y la estabilidad (es decir: no les toques nada, que lo tienen todo atado).

A nivel cerebral también hay diferencias: los conservadores tienen una amígdala más activa, lo que los hace más sensibles al miedo y la amenaza. Los liberales, en cambio, usan más la corteza cingulada anterior, que ayuda a adaptarse a lo inesperado. Uno ve peligro en todo lo que se mueve, el otro duda de todo —a veces hasta de sí mismo.

¿Quién decide lo que somos?

Afiliarse a una ideología como quien se saca un carné de socio del Real Madrid no es tan buena idea. Nadie es completamente de nada, a menos que haya renunciado a pensar. Y eso, por desgracia, pasa más a menudo de lo que quisiéramos.

Muchos votan por inercia, por herencia, por comodidad. A veces incluso por rebote: “yo soy de izquierdas porque mi padre era un facha”. Como si la identidad política fuera un duelo familiar mal resuelto. En redes sociales, la cosa ya roza la tragicomedia: se discute más por lealtad a un bando que por ideas. Convertimos la política en fútbol: once contra once y a ver quién grita más fuerte. El problema es que aquí no se juega una copa, se juega el presente, y el futuro.

Lo que a menudo se presenta como “valores tradicionales” no es más que la defensa de un orden que excluye. Si no eres blanco, nacido nacional, heterosexual, católico y de buena familia —la combi completa—, el conservadurismo no tiene nada que ofrecerte, salvo sospecha. Es fácil decir que “cada uno se busque la vida” cuando tú ya tienes la tuya resuelta. Y así, el discurso de la autosuficiencia se convierte en un desprecio disfrazado de meritocracia.

Lo incómodo de todo esto es que nos obliga a mirar hacia dentro. Pensar por uno mismo requiere esfuerzo, y a veces hasta duele. Es mucho más sencillo delegar la conciencia política en un partido, en una ideología, en un líder con voz firme y ceja arqueada (te amo, ZP). Pero si de verdad queremos una política que nos represente, habrá que empezar por entender por qué pensamos como pensamos.

Ojalá no existieran los partidos políticos, y nuestros representantes fueran exclusivamente eso, representantes, mensajeros de nuestros votos. Ojalá cada domingo se nos convocara a urnas para, con la supervisión de varios comités de expertos que nos eduquen, pero que no nos influyan desde el interés económico, decidir cada una de las acciones que el gobierno lleva a cabo.

Ojalá una política de todos, y no de la mitad.

Bran Sólo. Mayo-2025