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Del arte y la mentira

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Recientemente tuve el placer de asistir a un concierto de música en directo. Se trataba de uno de los artistas más conocidos de la escena internacional. Lo disfruté, y mucho, porque ¡qué sorpresa!, éramos apenas cuatro personas en aquella sala de conciertos y, ya se sabe de mí, no soy fan de los lugares con gente… por decirlo de alguna manera. 

Al finalizar, pude hablar con los otros pocos asistentes y, todos comentaban lo mismo: últimamente nadie iba a conciertos porque la música se había convertido en algo críptico, algo sólo para músicos. Que la gente no entendía si lo que estaban escuchando era bueno o malo, si merecía la pena pagar por ello o no… ni siquiera podían decidir si personalmente les gustaba o no… así que, ante tanta confusión, decidían no escuchar música, y por extensión no acudir a ningún concierto.

Qué pena, de verdad, que a este ritmo la música vaya a desaparecer. Que a nadie le importe ya. Con la cantidad de mensajes, valores, poesía y emociones que nos transmitía… o que nos transmitíamos entre nosotros a través de ella. Con lo que nos unía, con lo que nos hacía vivir, compartir, entender…

Ahora los músicos se dedican a cantar sobre la misma música. Las letras hablan sobre notas, sobre composiciones imposibles, sobre llevar la música a un nivel superior… y claro, sólo los músicos lo entienden, y sólo los músicos están interesados.

Qué pena… si fuera verdad.

Esto no está pasando realmente, lo sabéis, al menos con la música. Pero sí que está sucediendo con otro ámbito creativo, está pasando con el ARTE, y está pasando desde hace varias décadas.

La pintura, quizás, sea más propensa a reclutar pensadores y filósofos, personas más interesadas en estudiar la cultura que en vivirla, compartirla o producirla. El mundo del arte siempre ha estado lleno de gente pedante, pesada, marginada o con pocas habilidades sociales, que acaba expresando sus necesidades vitales a través de un medio indirecto como la pintura, la escritura, la fotografía… Esto es así.

El caso de la música era similar hasta que, a causa de la sociedad de consumo, quizás, empezamos a convertir a los músicos en una suerte de dioses, santos a los que rezar con sus propias plegarias musicales, y puede que eso los haya salvado. La música despierta más fácilmente emociones y pensamientos, incluso deseos. El sonido matemático tiene esa magia, activa las cuerdas con las que pensamos y recordamos, y eso nos encanta.

¿Pero qué pasa con la pintura?

Los pintores, sobre todo desde el siglo XIX, nos esforzamos por ser unos outsiders, bohemios, personajes fuera de toda clasificación o previsión. Cuando creamos componemos, utilizamos piezas que ya existen para crear elementos nuevos, pero debemos armarlo todo desde el sinsentido para llegar a algo nuevo que, a veces, tiene un nuevo sentido. Esto es la creatividad, y engancha, y uno acaba haciendo eso mismo con todo lo que le rodea.  Tengo el congelador lleno de piernas.

Por esto se dice que el arte es un lenguaje. No es sólo porque, de nuevo a veces y no siempre, sirve para expresar, sino porque está compuesto de partículas sin significado (letras) que agrupadas conforman estructuras lógicas que representan algo real (palabras). De esta forma, un artista escoge una palabra del diccionario, la descompone, la reordena, quizás la mezcla con otras palabras, algunas palabras que haya escuchado de alguien influyente, y así «crea» (no se puede crear nada, ya lo he dicho. ¡SE COMPONE!) una palabra o frase nueva con un significado nuevo. Pura genialidad. Preguntadle a Picasso.

Ahora bien, imaginemos que nuestro genio compone cientos de palabras que, vaya, sólo comprende él.

Es una especie de idioma propio que nadie más entiende. ¿Esto tiene sentido? ¿De qué sirve un idioma si no es para comunicarse con los demás? Bueno, puede tener fines estéticos, como el Quenya de Tolkien, que queda muy bonito pero no nos engañemos, es más fácil ahogarse… O puede tener una función lúdica, simplemente estamos jugando a crear idiomas porque crear idiomas cuece y enriquece. ¡No lo sé!

Y aquí está el problema.

Ya todos hemos superado el debate de «qué es el arte«, «esto es arte» y «esto otro no es arte«. Eso lo hace mi hija de 5 años. Mi chocho es arte… y demás.

Es mi opinión, y debería ser la vuestra también que, al final, el arte es todo aquello creado por un ser inteligente con una motivación más allá de lo meramente funcional.

Es decir.

Imaginemos el primer vaso de la historia. Sería un cuenco, medio coco, una hoja trenzada… cualquier cosa que cumpliera una función. Precioso. O no. Pero una vez que ya tenemos controlada la técnica, nos paramos a pensar que quizás no es decoroso que la jefa de la tribu beba sus esputos de camello en un cuenco de coco, como todos los demás, y que quizás debería tener una forma, un color, unas incrustaciones que lo hagan bonito, agradable, que hable del estatus de la persona que lo posee, que hable de la creatividad de la tribu, del talento, del tiempo en el que vive el artista que lo crea…

Ya no se trata de algo funcional, empieza a ser algo con una motivación adicional, con un mensaje, que tiene información. Incluso cuando se trata de algo estético nos está hablando del gusto de la época, de los medios, los recursos… Es un objeto con información.

Y al mismo tiempo que los objetos el arte llegará a las acciones, a las palabras, a los sonidos, a los movimientos, a las estrategias bélicas, a las prendas de vestir, a la estructura de la sociedad misma…

En todo hay información que el ser humano, en nuestro caso, ha añadido para los demás.

Todo es arte.

¿Y por qué ya no nos interesa el arte?

El arte nos interesa, pero no nos damos cuenta. Lo que no nos interesa es el arte que habla de arte. Eso es un coñazo insoportable (pollazo insoportable para mis amigues).

A partir de Marcel Duchamp y su meadero, después de Klein y sus pinturas «de pintura», y ya hasta Hirst y sus puntos de colores o Jeff Koons y sus muñecos de plástico hechos por otras personas… el arte no ha hablado de otra cosa que de sí mismo.

Los artistas han experimentado técnicas y medios para hablar de arte. Ya no hablan del amor, de la muerte, de la sociedad, de la belleza… ahora hablan de las posibilidades del propio arte. De hasta dónde puede llegar la definición de arte, de pintura, de escultura, de performance. Hablan de percepción, de lo matérico, de lo interpretativo… de conceptos cada vez más abstractos y metaartísticos que, sinceramente, ya no nos interesan ni a los artistas.

Y ahí está el culpable. A los artistas y estudiosos les puede interesar ese arte, pero qué le importa a unos enamorados, a un niño perdido, a un ser solitario, a una mujer luchadora… qué les importa cómo de negro puede ser un color negro, cómo un lienzo blanco sobre fondo blanco puede llamarse arte, cómo una mamarracha serbia cuenta granos de arroz hasta que el público entra en cetosis…

A nadie le importa eso. Y pocos hacen algo por cambiarlo. 

Así que… aquí estoy yo, cantando solo. Sin tilde.

Paso la mayor parte del tiempo en una habitación de 15 metros, rodeado de pintura, en una casita con mucha luz del sur de España. Aquí los alquileres son más baratos, y uno puede ser artista sin tener que trabajar en Mercadona.

Mi trabajo es componer imágenes sobre cosas que no sólo me preocupan a mí y salen de mi experiencia vital, sino que sé que nos preocupan a todos. Mi objetivo es la visibilidad. Que me vean. Porque pienso, arrogante pero hasta cierto punto objetivamente, que lo que tengo que decir es importante, y que puedo hacer que los demás se sientan un poco menos solos.

Hay mucha gente que jamás recibirá un mensaje que necesita y que quizás yo tengo, porque el arte es aburrido, es sólo para gente que «entiende de arte«.

Que no os diga ningún autodenominado representante del arte lo que es bueno y carísimo, y lo que es vulgar y brut. Si tu hija de 5 años puede hacerlo, si con una fregona y un mechero puedes hacerlo, si no te hace sentir nada, si no significa nada para ti… será arte, pero no es bueno. 

La pintura, y el arte en general, tienen que ser como la música. Todos sabemos si una canción nos gusta o no. Nadie dice «Uy, yo no entiendo de reguetón así que no sé si me gusta», «No sé si este Pop es bueno», o «Mi hija de 5 años canta como Enrico Caruso».

Creedme, si os gusta es bueno. Si no os gusta, es mal arte. Vosotros teníais razón.

Y a vosotros, galeristas y comisarios: dejad de tocarnos los huevos y de robar a los artistas, y pasaos por Mercadona.