El orgullo de LAS raíces árabes en la españa moderna

Yo también soy árabe, como tú. Y llevo aquí más de 1300 años.
Mi sangre se estableció en esta tierra en el año 711, cuando Tariq ibn Ziyad cruzó el estrecho que hoy lleva su nombre —Yabal Ṭāriq, Gibraltar— y, al mando de un contingente bereber procedente del norte de África, inició lo que posteriormente se conocería como la conquista islámica de la península ibérica. Aquel suceso no fue una simple invasión militar, como algunos discursos nacionalistas pretenden hacernos creer, sino el inicio de una compleja transformación cultural, religiosa, científica y social que marcaría profundamente el destino de lo que hoy conocemos como España.
La presencia árabo-islámica en al-Andalus no fue efímera: duró cerca de ochocientos años, desde el siglo VIII hasta la toma de Granada en 1492. Durante ese periodo, ciudades como Córdoba, Sevilla y Toledo se convirtieron en centros del conocimiento y la convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos. A través de la Casa de la Sabiduría, de las traducciones del árabe al latín, y del desarrollo de la arquitectura, la medicina y la poesía, al-Andalus configuró parte esencial del legado europeo.
Esta civilización forma parte inseparable de mi genealogía: por parte de padre, los Qobarro; por parte de madre, los Yepes. Ambos linajes tienen raíces en Abarán, un rincón del Valle de Ricote en el antiguo reino de Murcia, donde los moriscos, incluso tras las capitulaciones, continuaron viviendo, cultivando y transmitiendo una identidad en resistencia.
Antes de establecerse en Abarán, mi linaje procedía de mudéjares de Hellín, y es muy probable que, con anterioridad, se encontraran asentados en el Tolmo de Minateda, uno de los enclaves arqueológicos más importantes del sureste peninsular, con presencia continua desde época ibérica hasta la Edad Media. El paso del tiempo y las persecuciones no borraron esa memoria, que aún persiste en la tierra, en los nombres y en la sangre.
Cuando, en 1492, los Reyes Católicos concluyeron la llamada Reconquista, comenzó una nueva etapa de exclusión sistemática. En 1502 se obligó a los musulmanes del reino de Castilla a convertirse al cristianismo o ser expulsados, extendiéndose esta orden a la Corona de Aragón en 1526. Los nuevos cristianos, llamados moriscos, vivieron bajo constante sospecha, vigilancia y persecución. En 1567, Felipe II promulgó una pragmática que prohibía expresamente el uso de la lengua árabe, las costumbres moriscas, y —entre otras disposiciones— impedía que se les ofreciera trabajo o ayuda. Finalmente, en 1609, Felipe III decretó su expulsión definitiva. Cerca de 300.000 personas —entre ellas mis tataratatarabuelos Hernando y María Luisa— fueron desterradas. Existen registros que atestiguan que Hernando y su esposa fueron embarcados a la fuerza y abandonados en la ciudad de Génova, despojados de sus tierras, pertenencias y dignidad. La documentación de la época refleja cómo muchos fueron tratados como enemigos del Estado, y cómo se les negó cualquier tipo de auxilio, cumplimiento de las disposiciones decretadas por la Corona.
Pero algunos regresaron. Volvieron a sus casas, a las morerías, con la dignidad intacta y la voluntad firme. Porque esta tierra era suya. No por conquista, sino por cultivo, por historia, por memoria.
Y aquí seguimos. Mi familia lleva más de 1300 años en este suelo.
Resulta particularmente llamativo que quienes hoy se erigen como guardianes de la identidad nacional ignoren esta historia. Desde una concepción homogénea y blancocéntrica de la identidad española, niegan el carácter plural de su origen. Quieren expulsar a quienes llegan a la península en pateras llenas de muerte, buscando una posibilidad de seguir existiendo, huyendo de la guerra y la miseria.
Quieren convencernos de que son peligrosos, ladrones, terroristas, violadores, asesinos… de que debemos cerrar la puerta a todos los que no sean fieles al ideal de identidad nacional: blanco, cis, hetero, católico, ignorante.
La pobreza y la marginación causan la necesidad violenta de subsistir a costa de los demás. La única inmigración peligrosa es la que se rechaza.
Con ese mismo espíritu, por poner otro ejemplo, han reaccionado ante el conflicto palestino-israelí en el marco del Festival de Eurovisión 2025.
La participación de Israel, en un contexto internacional donde se le acusa de crímenes de guerra y genocidio contra la población palestina (según informes de Naciones Unidas y de organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional), fue ampliamente cuestionada. RTVE, incluso desde dentro, expresó su oposición a que España compartiera escenario con un Estado acusado de tales prácticas, iniciativa a la que, personalmente, me sumo.
Sin embargo, parece ser, si es que Israel no ha comprado los votos del festival, que una parte significativa de la población española, influida por sectores mediáticos de la derecha y la ultraderecha, decidió apoyar a Israel, no por afinidad geopolítica, sino como forma de oposición al actual gobierno progresista español, que ha mostrado apoyo a la causa palestina desde el inicio, incluso reconociéndolo como estado en 2024.
Para más señas: una diputada de la dirección del PP publicó en X, la red social Nazi, su intención de votar a Israel, según ella, «sin haber escuchado la canción». Juan Carlos Girauta, eurodiputado de Vox, animaba a “enviarle un mensaje a Sánchez” junto con el voto a Israel, y las juventudes del PP celebraron públicamente haber conseguido que España diera sus 12 votos a Israel, compartiendo los comprobantes de pago de las votaciones online que realizaron.
Toda esta gente ha perdido el norte, quiero pensar, y no son capaces de rechazar un genocidio sin con ello pueden perjudicar al gobierno actual. Su único deseo es ocupar el puesto, cueste lo que cueste, y de cualquier modo.
Este fenómeno revela hasta qué punto se ha pervertido el concepto de libertad: se defiende únicamente cuando responde a intereses propios. Se niega la posibilidad de que otros vivan, huyan, amen o busquen refugio de manera distinta. Se margina al diferente, ya sea por su fe, su identidad de género, su condición migratoria o su historia.
Esta reacción no es nueva. Es un síntoma de una estructura de poder que se reproduce en nombre de la normalidad y que se sostiene sobre la ignorancia histórica, la desmemoria y la exclusión. El pensamiento reaccionario no se basa en la conservación de valores, sino en el miedo a perder privilegios. No tolera el conflicto ni la ambigüedad porque vive en la fantasía de una identidad única, inmutable y superior. Y así, la historia se reescribe para silenciar a quienes siempre estuvieron.
Pero esta tierra, como la historia demuestra, no es propiedad de una raza ni de una religión. La península ibérica ha sido ibera, celta, romana, visigoda, árabe, judía y cristiana. Ha sido puerto y puente. Y su mayor riqueza ha surgido siempre de su capacidad de acoger, de mezclar, de dialogar.
Hoy, en medio del ruido ideológico, conviene recordar que la libertad no es un grito de guerra, sino un compromiso ético. No se trata de imponer una verdad, sino de abrir espacio para que otras existan. Es la voluntad de escuchar al otro, de reconocer su dolor, de compartir el pan y el abrigo. Y sobre todo, de no olvidar.
Me llamo Bran Sólo y mi sangre árabe ha habitado estas tierras desde el 711 e.c. Mis antepasados fueron marginados, deportados, desposeídos y silenciados. Pero regresaron, porque esta es su casa y lo seguirá siendo.
Bran Sólo. Mayo-2025
Fuentes y publicaciones de interés:
- García-Arenal, Mercedes. Los moriscos. Madrid: Fundación MAPFRE, 2009.
- Epalza, Mikel de. Los moriscos antes y después de la expulsión. Barcelona: Icaria, 1992.
- Bennison, Amira K. The Great Caliphs: The Golden Age of the ‘Abbasid Empire. Yale University Press, 2009.
- Human Rights Watch. “Israel and Palestine: Events of 2023”. www.hrw.org
- United Nations Human Rights Office. “UN experts warn of serious human rights violations in Gaza.” Octubre 2023.
- Boletín Oficial del Estado (Archivo Histórico). “Pragmática de Felipe II prohibiendo el uso de lengua árabe y costumbres moriscas”, 1567.
- Harvey, L. P. Muslims in Spain, 1500 to 1614. University of Chicago Press, 2005.
- Ruiz Souza, Juan Carlos. “La arquitectura en al-Andalus: identidades, transformaciones y supervivencias.” Al-Qantara, CSIC.
- Marín, Manuela. La vida en al-Andalus: sociedad, cultura y economía. Madrid: Akal, 1994.
